Práctica 5. Júlia Oltra
Diogo Ameida. Es un hombre portugués, de 38 años, pero parece tener diez años más. Su cara es un mapa de arrugas prematuras, pero no a consecuencia de sonrisas, sino de ceño fruncido y concentración angustiada. Tiene profundas orejas moradas, testigos del insomnio. Su barba, canosa y extensa, con mechones irregulares. Sus labios son finos y a menudo apretados. Sus ojos son su característica más relevante, grandes y alisados pero achinados a causa del cansancio. Sus hombros se curvan hacia delante y cojea de la pierna izquierda.
La sociabilidad es un hábito que ocupa el cero por ciento de su tiempo, no es grosero por naturaleza, sino que las interacciones sociales le suponen un agotamiento mental insoportable. Aunque ha renunciado a participar en el mundo, no deja de observarlo y analizarlo. Su vida está regida por rutinas mínimas pero inquebrantables, busca un orden rutinario en un intento fallido de ordenar su caos emocional. Ha perdido la fe en conceptos como el amor puro, el heroísmo, o el final feliz. Está definido por una culpa tan profunda que se ha convertido en el núcleo de su identidad, no es un sentimiento, es una condición.
En cuanto a su trasfondo: cuando tenía solamente 21 años, Diogo lanzó al mundo su primera novela, escrita en la máquina de escribir de su abuelo. El día que se celebraba la publicación de su libro, frío 19 de Diciembre, hubo una pequeña fiesta con amigos y familiares. En condiciones no aptas para conducir por culpa del alcohol, decidió llevar a casa a su hermana pequeña de 19 años. Durante el viaje, Diogo dio una mala vuelta y volcó el coche, lo que acabó con la vida de su hermana. Por eso mismo tiene grabados los números romanos correspondientes el 19, XIX, ya que su hermana murió ese día y con esa edad. El accidente, lo dejó a él con una lesión permanente en la pierna izquierda, por eso lleva haciendo uso de un bastón desde los 21.
Desde ese día, ahoga sus penas en humo y en alcohol, no ha vuelto a tocar la máquina de escribir, salvo para expresar la angustia y la culpa que corroe su mente. En su escritorio, hay un cenicero de pie, el cual le toca vaciar a diario porque al final del día siempre está lleno de los cigarros que se enciende siempre con cerillas, una de sus costumbres. A los 30, acogió a un gato, el único ser vivo que tiene en su compañía, no es un gato cariñoso, es independiente, pero su presencia silenciosa mantiene a Diogo anclado en una mínima rutina. Por otro lado, a lo largo de los años, el bastón se ha convertido en no solo un apoyo, sino un recordatorio físico de su castigo.
Es un hombre que no se permite sentir ni vivir, pero sobre todo, no se permite perdonarse a si mismo. Su arco consiste en confrontar la idea de que su castigo perpetuo no devuelve la vida a su hermana, pero sí destruye silenciosamente la suya propia. En vez de avanzar, siempre se hunde más y más en la miseria. Por eso su arco narrativo es negativo, rechaza la ayuda y rechaza el cambio. Si no enfrentamos la culpa, la culpa se come lo que queda de nosotros.
Acerca de su motivación, internamente, intenta superar o al menos comprender su culpa, por si solo, para que su existencia deje de ser un castigo, pero al inicio rechaza esa motivación, cree que sanar significaría traicionar la memoria de su hermana, su dolor es su último vínculo con ella. Su motivación externa, se trata de terminar algo que lleva evitando durante años, escribir de nuevo, y proteger a toda costa al gato tan independiente que le recuerda tanto a su hermana, aunque ni si quiera le haya puesto nombre.
Objetos elegidos:
- La máquina de escribir
- El XIX grabado en el escritorio
- El bastón
- El cenicero
- Las cerillas
- El gato



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