Vidar Blomvik

 Vidar Blomvik

 Bergen 10 Días de Maravillas Noruegas - Norway Excursions

Vidar Blomvik nació en Bergen, una ciudad costera del oeste de Noruega. Creció entre el olor a madera húmeda y libros viejos que su padre coleccionaba; ¿Cómo podría no haberse convertido en un amante de lo antiguo?
De niño pasaba horas observando el puerto, imaginando tener uno de esos barcos para irse lejos de su país natal.
Apenas cumplió los dieciocho, decidió abandonar Noruega, no porque no amara su tierra y su padre, (él único miembro de la familia que conoció), sino por necesidad de encontrar un lugar que sintiera verdaderamente suyo. En el fondo, ni él mismo sabía con precisión qué buscaba; solo tenía el impulso de buscar un espacio más estimulante y, sobre todo, le atraía el oeste.
Viajó por muchos años: dos años en Suecia limpiando pescado, tres años en Rusia trabajando como cajero en una tienda de ropa, Polonia, Rumania, Grecia… En cada sitio en que se establecía trabajaba de lo que encontraba, porque no le importaba el dinero, ni tenía una ambición fija a nivel laboral, solo quería alcanzar cada cultura, distinta y original a su manera y llevarse un objeto que le recordara lo que había sentido en ese lugar a su próxima meta.
Divagó de sitio en sitio, de amigos y amigos, personas, olores y paisajes, hasta que llegó en Piemonte, una región situada en el norte de Italia, donde conoció su primero y último amor.
Al final se quedó en ese espacio con colinas verdes, viñedos silenciosos y caminos de grava le recordaban su Bergen, sobre todo la zona de campo donde iba a menudo con su padre, porque poseía allí un trozo de tierra.
Un día, mientras trabajaba como bibliotecario conoció a Sofía, se hicieron amigos, ella había vivido allí desde toda la vida y, al contrario de él, no sentía la necesidad de irse, sino la exigencia de enseñarle el por qué para ella era la tierra más acogedora que se podía desear.
Con el tiempo, la fuerte conexión que compartían se convirtió en amor y, en fin, Vidar tuvo claro que ese era justamente su lugar; Se fue a vivir con ella sin pensarlo dos veces y vivió, durante muchos años, con una serenidad constante, que todavía no había experimentado.
Sin embargo, como ella le había enseñado a valorar la seguridad de tener un hogar fijo, él la guió en otras ciudades, en otros países, dado que ella no había salido nunca de su región natal.
En la de la familia de ella, que se convirtió en la casa de los dos, empezaron a acumular objetos como si fueran migas de pan: radios, máquinas de escribir, mapas, fotografías, velas y cerillas que ya no sirven, pero que contienen un trozo de memoria.
Ahora Vidar tiene setenta y dos años, pero sigue pensando que tirar algo equivale a borrar una etapa de su vida o a traicionar un recuerdo. Es un acumulador serial, por eso conserva incluso cosas rotas o gastadas, que no tienen una función práctica, sino el propósito de representar cada parte de su forma de ser.
Hace dos años que Sofía no alumbra la casa con su presencia radiante, pero Vidar lo ha dejado exactamente como ella lo dejó, incapaz de mover ni una sola prenda de lo que poseía y usaba diariamente. El vestido de su Sofía apoyado al sofá es una prueba vivida de su existencia, el lazo en el escritorio le permite imaginar que ella sigue allí con él y le permite alejarse del miedo de que sus recuerdos se desvanezcan o se difuminen un poco.
Sin embargo, en los últimos meses hay un nuevo inquilino en la casa: Kurt, un gato pelirrojo que se acercó varias veces a la casa hasta que Vidar decidió acogerlo a vivir con él. La campana que compró en su viaje a Francia ahora sirve para llamar a Kurt, cuando es hora de comer juntos.

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